sábado , 14 diciembre 2019, 11:01 am
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El ocaso Assange: Golpe al tecno-optimismo

El martes 19 de junio de 2012 Julian Assange debió estar muy desesperado como para tomar la decisión de asilarse en la embajada de un pequeño país latinoamericano que poco antes de iniciar el siglo XXI, había tenido seis presidentes en dos años y una inestabilidad política crónica hasta 2006.

Si bien en ese entonces ya se trataba del Ecuador de Rafael Correa, quien había logrado dotar al país de estabilidad, y quien aspiraba incluso a cierta figuración internacional dentro del progresismo antiestadounidense, la perspectiva de un giro abrupto de la rueda de la fortuna de un país históricamente inestable, era más que probable.

Con todo, Correa logró instalarse férreamente en el poder hasta 2017 y quien había sido su vicepresidente logró ganar la sucesión: Lenín Moreno. Eso dio a Assange siete años de un asilo garantizado, pero nunca pudo contar con una política de estado. Tal cual. La noticia de la semana fue el retiro de su asilo y de la nacionalidad ecuatoriana que se le había otorgado, su posterior arresto por parte de la policía británica y una más que probable extradición a Estados Unidos, donde enfrentará un juicio por su participación en la filtración de documentos del Departamento de Estado.

Con el episidio, Ecuador demostró estar como siempre sujeto al vaivén de los tiempos, dado el radicamente nuevo (e inesperado) contexto en el que Moreno negocia un acercamiento menesteroso a Estados Unidos y el FMI, mientras que la suerte de Assange más bien simboliza el otoño temprano de un ciberactivismo utópico que se estrelló contra sus propios límites.

De tal modo, un Assange demacrado, derrotado y rabioso, es la sombra de lo que en algún momento fue WikiLeaks.

Creada en 2006, la organización tecnopolítica parecía una innovación total en el horizonte político mundial y en la historia del periodismo. Por primera vez una organización ciudadana transnacional, altruísta y poderosa, parecía ser contrapeso de los estados y sus secretos, entregando información que antes simplemente estaba clausurada para el gran público.

La reacción de los estados poderosos fue obvia; decidieron combatir WikiLeaks en su eje: Julian Assange, un personaje de una psicología compleja que lo hace tan héroe como villano. Acorralado en Londres bajo acusaciones de delitos sexuales por parte de la justicia sueca, y con el peso de una orden de extradición por parte de Estados Unidos, al fundador de WikiLeaks no le quedó otra que asilarse en la embajada ecuatoriana. Tenía la esperanza de poder salir del pequeño inmueble de la legación en Londres, pero no. Los británicos negaron una y otra vez cualquier salvoconducto que pretendía llevar a Assange a Quito, y convirtieron la embajada en una cárcel. Los efectos de ese encierro están hoy a la vista en un Assange desequilibrado, si es que se le da crédito a las cientos de historias que cuentan los funcionarios ecuatorianos respecto de las excentricidades y transgresiones del célebre hacker y periodista australiano.

Pero, lo peor no es el carácter intratable de un Assange psicológica, legal y políticamente asediado, sino los errores que cometió con WikiLeaks. Si es que es verdad que la entidad está detrás de las filtraciones de fotos y documentos de Moreno y su familia, en lo que se conoce como el caso de los INA Papers, se trata de un error básico, pues nadie puede impunemente amenazar a quien da asilo. Pero más grave fue su desorientación cuando perjudicó la campaña de Hillary Clinton al filtrar 30 mil documentos provenientes del correo electrónico de la candidata demócrata estadounidense.

Esto, no solo porque benefició finalmente a Donald Trump, un personaje que no pagará ningún costo por encerrarlo de por vida en una cárcel estadounidense, sino porque luego se supo que la filtración fue por parte de hackers rusos, con una agenda de política exterior tan alejada de la utopía libertaria y ciudadana de WikiLeaks, como lo puede estar el autoritario gobierno de Vladimir Putin.

Sin duda un golpe grave al tecno-optimismo que reinó al principio del siglo XXI, ahora que los estados y las corporaciones como Facebook o Google han probado manejar la información digital de una manera que supera con creces cualquier esfuerzo ciudadano por poner contrapesos, como alguna vez soñó Assange al crear WikiLeaks.

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